[En la Prensa] Amalia Cubillos: “El duelo se vive para siempre” vía La Tercera

A cuatro años del accidente de Juan Fernández, Amalia recuerda y celebra a su papá, Felipe Cubillos. Y lo hace desde varios lugares: desde el emprendimiento, la solidaridad, el trabajo con los pescadores, su cercanía al mar y la vida familiar. Pero también desde sus escritos y memorias y, muchas veces, desde la pena y el llanto.

 

A la “Mery” (diminutivo que viene de María Amalia) le encanta conversar. Lo dice y lo hace notar. Instalada en una oficina prestada frente al Costanera Center, trabaja para sacar adelante su emprendimiento. Uno que logró fusionar su carrera como diseñadora industrial, su cercanía al mar, el trabajo realizado en el Desafío Levantemos Chile y la memoria de su padre.

Tenía 23 años cuando el Casa 212 de la Fuerza Aérea cayó al mar frente a la isla de Juan Fernández. Ese 2 de septiembre de 2011 su vida cambió dramáticamente. No sólo perdió a su papá -que además era su compañero, la persona con la que vivía y su líder en el trabajo-  sino que asumió la tarea que Felipe Cubillos había iniciado tras el terremoto en Desafío Levantemos Chile, sin demasiada conciencia de lo que eso significaba.

Amalia conocía bien la institución porque colaboró desde el momento en que su padre decidió crearla. En esa época estaba en el último año de Diseño en la Universidad del Desarrollo, y le dijo a su papá que se quería ir a África a hacer voluntariado. Él la miró, la subió al auto y manejó durante media hora. Cuando llegaron a un campamento en San Bernardo le dijo muy serio: “Aquí está África, mucho más cerca de lo que creías”. La discusión quedó ahí y ella comenzó a ayudarlo, no en los campamentos, sino que con los damnificados de las zonas costeras.

Trabajaban todo el día, iban a comidas y eventos de fundaciones. Además vivían juntos, solos los dos y compartían el despelote y la dispersión que él le heredó. Ni siquiera se preocupaban por comer; el refrigerador estaba desenchufado y se alimentaban de sopas en sobre o fideos instantáneos. Y se reían mucho. Ella dice que los recuerdos de ese período son sólo felices… e intensos.

Luego vino el accidente. “El día después me transformé en directora del Desafío… sin siquiera haber terminado de estudiar, tuve que enfrentarme de golpe a cómo funciona el mundo. Congelé mi último semestre y me dediqué a las reuniones, el financiamiento, las donaciones, el trabajo en terreno. La cercanía con la gente fue muy marcadora y me ayudó a madurar mucho, a ser más sensible y empática”, recuerda.

Esa cercanía es la que le impide mantenerse ajena a la polémica generada por el uso del nombre “Levantemos” por parte de la Alianza por Chile. Se declara desilusionada: “Más allá de cuando se acuñara el nombre, lo importante es quién realmente trabajó por lo que significa. Y el Desafío Levantemos Chile lo ha demostrado reiteradamente, por lo que me decepciona que los partidos políticos siquiera piensen en querer usarlo. Lo grave no es el nombre, sino que el daño que le hacen a una fundación que ha intentado mantenerse al margen de la política desde sus inicios”.

—¿Tu papá fue tu inspiración?

—Sí, y lo sigue siendo. Hay quienes creen que la gente que se muere se va, pero para mí quedan aquí. Mi papá escribía mucho, y cuando estoy saturada leo sus cosas y vuelvo a salir a flote.

Seguir llorando

Fueron dos años a cargo de la ONG. “Pero llegó un minuto en que estaba realmente  sobrepasada. Me di cuenta de que todo funcionaba, que no era indispensable y que no era necesario que hubiese un Cubillos ahí para que siguiera adelante. Era un 24/7 absoluto y real y aunque al principio me sentí muy mala por querer salir, después me di cuenta de que no había nada malo en querer trabajar en lo que había estudiado y desarrollarme por mí misma. Así que dije basta, dejé el directorio, vendí a la ‘Zunilda’ –mi auto- y partí por tres meses al sudeste asiático con una amiga”.

—¿Ahí tuviste tiempo para vivir el duelo?

—Fue un buen viaje, de mucha contemplación, inconscientemente terminé visitando la zona del tsunami, pero fue muy positivo ver cómo se había rearmado después de esa tragedia. Pero la verdad es que no sé cuándo viví mi duelo, no conozco las etapas y creo que a lo mejor sigo viviéndolo. Tengo mis tiempos en ese sentido y son muy personales. Creo que el duelo se vive para siempre y yo sigo llorando. Este mes, por ejemplo, he llorado mucho. En mi familia, cuando vienen las pataletas decimos que aparece mi otro yo, la Pichonga, que últimamente ha estado dando vueltas. Hace unos días vi Corazón valiente, una película que no había visto pero que sabía era full mi papá; por la música, los paisajes, la personalidad de William Wallace. Desde que empezó hasta dos horas después lloré como una loca… mi pololo no lo podía creer. Y era con impotencia, pensando en que sólo quería llamarlo para decirle lo mucho que me había gustado. Con harta rabia.

—Él todavía sigue apareciendo en organizaciones, fundaciones o beneficios que nadie sabía que existían…

—Hace un tiempo se me acercó una señora para agradecerme porque mi papá le había pagado una cirugía a su hijo… y no se lo contó a nadie. Ese tipo de cosas suceden todo el tiempo y son muy potentes.

—¿Has rearmado su figura después de su muerte?

Más bien se ha ido reafirmando. Llegó un momento en que me empecé a dar cuenta de que no era sólo mi papá, sino que una figura pública y hasta dónde llegó con su mensaje. No sólo a los del Desafío, sino que mucho más allá. Hoy me doy cuenta de que él buscaba trascender. Y lo logró. Muchos creen que él hizo lo que hizo porque era millonario. Y eso está muy lejos de la realidad. Lo suyo era puro esfuerzo, pasión y determinación.

Ir y volver al mar

El mar es una presencia permanente en su vida. Su familia siempre ha estado ligada a éste, su bisabuelo, Hernán Cubillos Leiva, fue comandante en jefe de la Armada, su abuelo Hernán Cubillos Sallato, también pasó por la Marina y aunque se salió para dedicarse a los negocios, nunca dejó de navegar en su yate, El Caleuche. Su papá dio la vuelta al mundo a bordo de La Colorina. “Cuando se le ocurrió hacerlo ni siquiera tenía un barco, pero tocó miles de puertas hasta que lo consiguió. Él siempre decía si te está costando mucho es porque te están poniendo a prueba para ver si eres o no merecedor del éxito. Eso me reafirma todo el esfuerzo”.

—Tienes un tema con el mar…

Sí, me resulta muy atractivo. Me encanta navegar, aunque honestamente no sé hacerlo. Por lo mismo, admiro mucho a la gente que lo enfrenta todos los días, sobre todo a los pescadores que lo hacen en botes de madera que no fueron diseñados para este océano y que se consideran orgullosos hombres de mar cuando la mayoría ni siquiera sabe nadar. Ver cómo enfrentar un medio tan inestable sin ninguna seguridad es como vivir sin saber caminar.

—Tu papá murió en un accidente en que el avión cayó al mar, ¿no crees que ahí hay cierto simbolismo?

—La verdad que casi nunca lo pienso, no soy muy de símbolos, pero sin duda es muy potente que todo esté relacionado con el mar y con la seguridad. Y quiero que mi experiencia sirva para eso, para crear conciencia de lo débiles que somos frente a la naturaleza y la necesidad de autocuidado y prevención.

Fueron precisamente esas inquietudes las que la hicieron emprender. Cuando dejó el Desafío se dedicó a sacar adelante el que fue su proyecto de título: un traje de flotabilidad para pescadores. El Kataix -nombre tomado del espíritu Kaweskar de los navegantes del sur que acompañó y cuidó a su padre en su vuelta al mundo- es una parka, jardinera y salvavidas con un completo sistema de flotación que se activa si quien lo usa cae al mar y es capaz incluso de dar vuelta a una persona que está inconsciente en el agua y mantener su cabeza afuera para que no se ahogue. También posee un silbato, un inflador bucal y una luz estroboscópica.

No ha sido fácil. Dice que es dispersa y que los trámites y los temas administrativos la superan un poco y que más de una vez ha pensado en “desemprender”, pero reconoce que la ayuda de los pescadores ha sido fundamental para llegar al resultado y al punto en que pueden empezar a crecer.

Su mundo

Amalia vive junto a sus tres hermanos, Sofía (25), Felipe (23) y Florencia (21), en la casa que fue de Felipe Cubillos. Su mamá acaba de casarse de nuevo, por lo que sus hijos decidieron dejarla vivir feliz y tranquila esta nueva etapa.

Esta familia la completa Ema, la perra de su papá, que es, según todos, la integrante más importante de esta familia. Todas las noches se pasea por los dormitorios constatando que cada uno de los “niños” esté bien y duerme con alguno de ellos. “Es como el perro de Peter Pan, como una nanny que vela por nosotros”, dice.

Aunque este tipo de vida puede parecer caótico no lo es tanto. Sofía, la hermana que la sigue y a la que ella describe como “la segunda mayor” es metódica, ordenada y se encarga de que todo funcione. “Aunque este año ha sido complejo, porque nos quedamos en la casa con la Ximena, la nana desde hace 15 años, que nos conocía perfectamente, con la que llorábamos y peleábamos, la que llevaba la casa, compraba las verduras y sabía nuestros gustos. Pero ella murió en marzo y fue muy duro. Al principio nos rebelamos, me acuerdo que los cuatro dijimos ¡Basta, nadie más importante se puede ir de nuestras vidas! ¡A la mamá y a la Ema no las tocas! Y entonces apareció la Ale, que no vive con nosotros, pero va todos los días a ayudarnos y organizarnos.“Es una casa muy entretenida, todos nuestros amigos son amigos entre ellos, hacemos muchos asados y más de una vez hemos tenido que llevarles chocolates a los vecinos. Somos una familia a la que le gusta celebrar”.

El motivo actual de celebración es que por fin Kataix logró la certificación de la Armada que le permite empezar a vender y lograr el objetivo de su creadora, que es “llegar a cada tripulante embarcado en Chile y, ojalá, en el mundo”. Pero también por estos días recuerdan un año más, el cuarto, desde la muerte de su padre, quien también descansa en el mar: “Para nosotros era obvio que sus cenizas tenían que terminar ahí. No podría ir a visitarlo a un cementerio. Lo veo siempre, cada vez que puedo y lo siento en todo el mundo, porque si estás en el mar llegas a todas partes y ya debe estar en las costas de África. Él sí llegó a África”.

 

Fuente: La Tercera

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