
Hemos tenido el privilegio durante estos meses de conocer lo mejor de Chile; me refiero a nuestros jóvenes, quienes han sido, quizás, la mayor fuerza de la reconstrucción. Han sido miles de ellos que, sacrificando su más preciado bien, el tiempo, se han volcado a ayudar a los más necesitados.
Lo hacen con cariño, con entusiasmo, con profesionalismo, y sobre todo con mucho patriotismo. No salen en las noticias, no se les entregan premios, y tampoco reciben apoyo de ningún tipo. No se preguntan demasiado por qué lo hacen, simplemente porque saben que está bien, que es necesario, que es urgente.
Los hemos visto en acción y nos cautivan. Miles de jóvenes se suman aUn Techo para Chile para construir más de 20 mil mediaguas y sobre todo para estar cerca de la gente; otros se agrupan en organizaciones como la Corporación Calcuta, que nos recuerda que muy cerca nuestro también existe un Calcuta. Cientos se organizan libremente, tan sólo para hacer el bien y construir una mejor sociedad.
Quizás son éstos los mismos jóvenes que antes participaban en la política y hoy ni siquiera votan y menos se inscriben en los registros electorales, tal vez porque esa actividad les parece lejana y desvinculada de las necesidades de la gente; es que quizás entienden que con su voluntariado hacen patente la esencia de «La Política»: sí, esa Política con mayúscula que significa tan sólo la preocupación por los asuntos públicos, y se dan cuenta de que no necesitan ningún título ni menos un cargo para volcarse a ayudar.
Y lo fascinante de esta juventud no es solamente lo que están haciendo hoy, sino lo que harán en el futuro por nuestra sociedad. En algunos años más, se habrán convertido en profesionales y técnicos exitosos, serán ejecutivos de empresas o habrán elegido el camino propio formando sus emprendimientos. Y de seguro en todo lo que hagan llevarán el sello de lo que fueron en la juventud y, quizás lo más importante, conocerán a la sociedad en la cual viven.
Cualquiera sea el camino que elijan, entenderán que, al igual que hoy, es bueno devolverle a su sociedad lo mejor de ellos. Hoy es su tiempo; mañana, el resultado de su trabajo.
Pero si no hacemos algo, se encontrarán con una frustración. Hoy nadie ni ninguna institución les cobra un “peaje” por ayudar; el 100% del tiempo destinado a los demás, lo deciden ellos. ¿Se imaginan que un fin de semana cualquiera, justo antes de embarcarse en una aventura de solidaridad, en la estación de buses se escuchara por los parlantes a la Autoridad diciendo algo así: “qué bueno que vengan a ayudar, pero por cada hora que destinen libremente a ayudar deberán destinar otra a trabajar donde yo les diga”? De seguro, esos miles de jóvenes, frente a un llamado de ese tipo, arrancarían a perderse, y nosotros, los más viejos, nos acordaríamos de Orwell, 1984.
Eso es lo que pasa hoy día con las donaciones que puede hacer la gente, ya sean personas o empresas. No somos completamente libres de elegir; la Autoridad en parte elige por nosotros, ya que el Estado cobra un peaje y, por lo tanto, sólo un porcentaje de nuestros bienes, después de un engorroso proceso, llega donde nosotros queremos.
Ojalá que cuando estos nobles jóvenes lleguen al mundo del trabajo, nuestra generación, la que hoy gobierna, haya hecho la pega y haya creado las condiciones para una efectiva y fuerte sociedad civil que, al igual que en las sociedades más desarrolladas, acompaña al Estado en la solución de los problemas públicos.
La solidaridad, al igual que la libertad, necesita ser alimentada y si no creamos las condiciones para que crezca y florezca, se secará sin haber rendido sus frutos.






















































































































































































26 Sep, 201012:29 pm
hola
Humildemente pienso que si toda las personas nos levantaramos día a día por la mañana y pensaramos en forma natural ayudar al que lo necesite, ya sea en el trabajo, el supermercado, con lo miembros de su propia familia, etc,etc,etc, este mundo, este Chile sería muy distinto y yo lo siento cada vez más distinto, creo que después del terremoto nos volvimos un poquito más sinceros y más honestos.
Gracias
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